La santidad no es un privilegio reservado para unos pocos ni una meta inalcanzable para personas extraordinarias. Es la vocación de todo bautizado. Dios llama a cada cristiano a vivir en amistad con Él, dejándose transformar por su amor y haciendo de la propia vida una respuesta generosa al Evangelio. Como nos recuerda el Señor: «Sean santos, porque yo, el Señor, soy santo» (Lv 19,2).
A lo largo de la historia, la Iglesia ha reconocido en algunos hombres y mujeres un testimonio excepcional de fe, esperanza y caridad. Su vida se convierte para todos en un faro que ilumina el camino y nos recuerda que el Evangelio puede vivirse plenamente en cualquier tiempo y circunstancia.
Nuestra Diócesis de Jericó tiene la inmensa alegría de contar entre sus hijos con tres figuras que reflejan la fecundidad de la fe sembrada en estas montañas del suroeste antioqueño. Ellos son Santa Laura Montoya Upegui, primera santa nacida en Colombia y gran misionera de los pueblos indígenas; el Beato Juan Bautista Velásquez Peláez, religioso hospitalario nacido en Jardín y mártir de la fe; y el Beato Jesús Aníbal Gómez Gómez, joven claretiano nacido en Tarso, que entregó su vida por Cristo durante la persecución religiosa en España
Estos tres hijos de nuestra tierra, nacidos en el territorio de la actual Diócesis de Jericó, son un motivo de gratitud y legítimo orgullo para nuestra Iglesia particular. Sus vidas nos muestran caminos diversos hacia la santidad: la misión, el servicio a los enfermos, la fidelidad vocacional, el amor a la Iglesia y el testimonio supremo del martirio.
Al contemplar sus ejemplos, renovamos nuestra convicción de que la santidad sigue siendo posible hoy. Ellos nos recuerdan que Dios continúa obrando maravillas en quienes se abren a su gracia y que también nosotros estamos llamados a ser discípulos misioneros y testigos del Evangelio en medio del mundo.
Que Santa Laura Montoya, el Beato Juan Bautista Velásquez y el Beato Jesús Aníbal Gómez intercedan por nuestra Diócesis de Jericó y nos ayuden a caminar con fidelidad hacia la plenitud de la vida cristiana.
Santa Laura de Jesús Montoya Upegui nació en Jericó, Antioquia, el 26 de mayo de 1874 y fue bautizada el mismo día con el nombre de María Laura de Jesús. Hija de Juan de la Cruz Montoya y Dolores Upegui, experimentó desde muy temprana edad el sufrimiento de la violencia, pues su padre fue asesinado cuando ella tenía apenas dos años. Aquellas dificultades marcaron profundamente su vida, pero también fortalecieron su confianza en Dios y su sensibilidad hacia los más necesitados.
Se formó como maestra y dedicó varios años a la educación de niños y jóvenes en diferentes poblaciones antioqueñas. Su labor pedagógica estuvo siempre inspirada por una profunda experiencia de fe y por el deseo de conducir a otros al encuentro con Jesucristo.
Movida por un ardiente espíritu misionero, comprendió que Dios la llamaba a anunciar el Evangelio a los pueblos indígenas de Colombia. En 1914 fundó la Congregación de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, conocida hoy como las Misioneras de la Madre Laura.
Desde entonces entregó su vida a la evangelización, la promoción humana y la defensa de la dignidad de los pueblos indígenas y afrodescendientes, abriendo caminos inéditos para la misión de la Iglesia en Colombia.
Mujer de profunda vida espiritual, escritora fecunda y auténtica discípula misionera, dejó un valioso legado en sus numerosos escritos, especialmente en su obra autobiográfica Historia de la Misericordia de Dios en un alma. Su testimonio refleja una confianza absoluta en la Providencia y un amor apasionado por Jesucristo y por la Iglesia.
Fue beatificada por San Juan Pablo II el 25 de abril de 2004 y canonizada por el Papa Francisco el 12 de mayo de 2013, convirtiéndose en la primera santa nacida en Colombia.
La Diócesis de Jericó contempla con inmensa gratitud a Santa Laura Montoya como el fruto más luminoso de santidad nacido en esta tierra. Su vida sigue inspirando a nuestra Iglesia particular a vivir una fe misionera, cercana a los más pobres, abierta a las periferias y comprometida con el anuncio del Evangelio. Ella es para nosotros un modelo de discípula misionera, mujer de oración, educadora y evangelizadora incansable.
El Beato Juan Bautista Velásquez nació en Jardín, Antioquia, el 9 de julio de 1909, en el territorio que hoy pertenece a la Diócesis de Jericó. Bautizado con el nombre de Juan José Velásquez, creció en una familia profundamente cristiana y desde temprana edad recibió una sólida formación humana y religiosa.
Ejerció durante algún tiempo como maestro, hasta descubrir su vocación a la vida consagrada. Ingresó a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios el 29 de febrero de 1932; inició su noviciado el 16 de julio del mismo año y profesó sus votos religiosos el 24 de septiembre de 1933, tomando entonces el nombre de Fray Juan Bautista.
Se distinguió por su carácter alegre y servicial, su profunda piedad y su entrega generosa al cuidado de los enfermos, especialmente de quienes más sufrían y eran abandonados. En 1934 fue enviado a España, donde formó parte de las comunidades hospitalarias de Córdoba, Granada y Ciempozuelos.
Al desencadenarse la persecución religiosa durante la Guerra Civil Española, fue detenido junto con otros religiosos de su comunidad. Cuando intentaba regresar a Colombia, fue apresado en Barcelona y asesinado en la madrugada del 9 de agosto de 1936 únicamente por su condición de religioso católico. Tenía apenas 27 años de edad.
El Papa San Juan Pablo II lo beatificó el 25 de octubre de 1992 junto a otros mártires de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Sus restos no pudieron ser recuperados, pues fue sepultado en una fosa común del cementerio de Montjuïc, en Barcelona.
La Diócesis de Jericó da gracias a Dios por el testimonio del Beato Juan Bautista Velásquez, hijo de nuestra tierra jardineña y fruto maduro de la fe de nuestras comunidades. Su vida de servicio a los enfermos y su fidelidad a Cristo hasta el martirio continúan siendo un ejemplo luminoso de santidad para toda la Iglesia.
El Beato Jesús Aníbal Gómez Gómez nació en Tarso, Antioquia, el 13 de junio de 1914, en el territorio que hoy pertenece a la Diócesis de Jericó. Fue el menor de catorce hijos de una familia profundamente cristiana y desde muy joven manifestó una marcada sensibilidad espiritual y un gran deseo de consagrar su vida al servicio de Dios.
A los once años ingresó al seminario menor de los Misioneros Claretianos y continuó su proceso de formación religiosa en Colombia. En 1935 fue enviado a España para completar sus estudios de teología y prepararse para la ordenación sacerdotal. Quienes lo conocieron destacaron su alegría, sencillez, amor a la Eucaristía, espíritu de oración y profundo deseo de santidad.
Durante los difíciles acontecimientos de la persecución religiosa en España, Jesús Aníbal permaneció fiel a su vocación. El 28 de julio de 1936, cuando viajaba junto con otros miembros de su comunidad religiosa, fue detenido por milicianos en la estación ferroviaria de Fernán Caballero, en la provincia de Ciudad Real. Ante la pregunta de si había venido desde tan lejos para hacerse sacerdote, respondió con valentía: «Sí señor, y a mucha honra». Poco después fue asesinado por el solo hecho de ser seminarista y religioso católico. Tenía apenas 22 años de edad.
Su testimonio de fidelidad a Cristo hasta el derramamiento de la sangre fue reconocido por la Iglesia cuando el Papa Francisco autorizó su beatificación.
Fue proclamado Beato el 13 de octubre de 2013 junto con catorce compañeros mártires claretianos.
La Diócesis de Jericó agradece a Dios el don de la vida y el testimonio del Beato Jesús Aníbal Gómez Gómez, hijo de nuestra tierra tarseñay uno de los frutos más hermosos de santidad surgidos en esta Iglesia particular. Su amor a Cristo, su fidelidad vocacional y la fortaleza con que afrontó el martirio continúan inspirando a las nuevas generaciones de discípulos misioneros.
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