Por Jhony Alexander Ceballos Guerrero. Pbro.
Desde el 13 de junio de 2013, cuando se hizo público el nombramiento del entonces sacerdote redentorista Noel Antonio Londoño Buitrago como séptimo Obispo de la Diócesis de Jericó, nuestra Iglesia particular inauguró una nueva etapa de su historia.
La sucesión de los obispos nunca es un simple relevo administrativo. Para la Iglesia, un obispo no es un personaje público ni una figura de protagonismo mediático. Es, ante todo, pastor, maestro y guía del Pueblo de Dios. Sobre sus hombros descansa la responsabilidad de confirmar en la fe, conducir la comunidad eclesial y discernir los caminos por donde el Espíritu invita a caminar.
Cada obispo imprime un estilo propio a su ministerio. En una arquidiócesis grande los desafíos son inmensos; en una diócesis pequeña como la nuestra, esos desafíos no desaparecen. Allí donde existen personas, sensibilidades, historias, caracteres y visiones distintas, siempre habrá decisiones difíciles.
Gobernar implica escuchar, discernir y, finalmente, decidir. Y toda decisión genera adhesiones y también desacuerdos.
Quien acepta libremente el ministerio episcopal, porque antes de recibir esta misión el elegido responde con libertad al llamado de la Iglesia, éste acepta también una cruz que, en no pocas ocasiones, resulta pesada.
Un pastor de convicciones
Monseñor Noel Antonio hizo camino entre nosotros y dejó una huella profunda en la historia reciente de la Diócesis de Jericó.
Uno de los temas que marcó con mayor fuerza su ministerio fue la reflexión sobre los modelos de desarrollo que comenzaron a transformar nuestro territorio. Frente al surgimiento de economías asociadas a la explotación minera en pueblos de tradición agrícola, expresó con claridad su pensamiento.
Quienes lo conocimos de cerca entendimos que su postura nunca fue contra las personas, ni contra las comunidades, ni contra quienes veían en estas actividades una posibilidad legítima de progreso. Su preocupación se dirigía, más bien, a los efectos sociales, humanos y ambientales que este tipo de explotación puede generar sobre el territorio y, especialmente, sobre las familias campesinas que durante generaciones han construido la identidad de nuestra región.
Quizá esa fue la causa por la que algunos deseaban verlo partir; pero también es la misma razón por la que muchos otros echarán de menos la voz de quien se convirtió en su voz, en referente de la defensa del territorio.
Su posición encontraba fundamento en un principio permanente de la Doctrina Social de la Iglesia: el cuidado de la casa común, la protección de la creación y la defensa de la dignidad humana.
Naturalmente, existen personas que, desde otra perspectiva igualmente respetable, consideran estas actividades como una oportunidad para el crecimiento económico de la región. Comprender esa visión también hace parte del diálogo que la sociedad necesita. Pero precisamente por ello vale la pena invitar a que ninguna diferencia de pensamiento se convierta en resentimiento contra quien, sencillamente, procuró ser fiel a sus principios y a su conciencia.
Padre

Durante estos trece años, Monseñor Noel ordenó 24 nuevos presbíteros para la Diócesis de Jericó.
Cada uno de ellos prolonga sacramentalmente el ministerio de Cristo Buen Pastor y participa de la misión de anunciar el Evangelio, santificar al Pueblo de Dios y servir a la comunidad cristiana.
Su formación redentorista marcó profundamente su manera de comprender el sacerdocio. Soñó siempre con un presbiterio unido en pequeñas comunidades, viviendo una auténtica espiritualidad de comunión. Expresaba con frecuencia la preocupación que le producía pensar en sacerdotes completamente solos, especialmente en las parroquias más alejadas de los centros urbanos. Sin embargo, entendía también que aquellas comunidades necesitaban la presencia cercana de un pastor que acompañara la fe heredada de sus mayores.
Una Iglesia que camina unida
Otro de los legados importantes de su ministerio fue el impulso, acompañamiento y consolidación del Plan Diocesano de Evangelización «Para una Iglesia en salida», fruto de un amplio proceso de discernimiento pastoral que continúa orientando la misión evangelizadora de nuestra diócesis. Este proyecto fortaleció una estructura pastoral organizada alrededor de las dimensiones del Kerigma, la Koinonía, la Liturgia y la Diaconía, buscando responder a los desafíos actuales desde una acción pastoral orgánica y misionera.
En esa misma línea nació la Escuela Diocesana de Evangelización y Renovación (EDER), concebida para fortalecer la formación permanente de los laicos y suscitar discípulos misioneros comprometidos con la vida de la Iglesia y la transformación cristiana de la sociedad.
Su ministerio episcopal coincidió también con el camino sinodal impulsado por el papa Francisco. Nuestra diócesis pudo vivir este proceso desde una experiencia previa de participación y corresponsabilidad que ayudó a fortalecer la comunión eclesial y el discernimiento comunitario.
Cercanía hecha sencillez
Más allá de las obras y los proyectos, quienes convivimos con Monseñor Noel conocimos una faceta profundamente humana.
Nunca fue un hombre de grandes gestos externos. Prefería los detalles sencillos.
Jamás se le vio levantar la voz contra sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosas o empleados de la Curia. Siempre encontraba una palabra amable, un libro para regalar, una tarjeta escrita con afecto o un pequeño recuerdo para enviar a algún amigo cuando sabía que alguien viajaba a determinado lugar.
Su desprendimiento material fue igualmente evidente. Nunca manifestó apego por los bienes económicos. Por el contrario, cuando sabía de una necesidad concreta, compartía con generosidad aquello que tenía. Muchos de los proyectos diocesanos encontraron en él un decidido respaldo.
Gobernar también implica cargar la cruz

Como ocurre en toda comunidad humana, también hubo diferencias y momentos difíciles.
Gobernar nunca consiste únicamente en recibir aplausos. Implica tomar decisiones que unas veces son compartidas y otras no. Algunas fueron discernidas junto al Colegio de Consultores; otras correspondieron exclusivamente a la responsabilidad propia del ministerio episcopal.
En su última ordenación sacerdotal recordó con sencillez que muchos prometen obediencia el día de su ordenación, pero que posteriormente aceptar la voluntad de Dios manifestada a través de los legítimos superiores puede convertirse en un verdadero desafío.
El ejercicio de la autoridad también tiene momentos de soledad.
Afrontar tiempos complejos
Durante su episcopado la Iglesia universal atravesó uno de los momentos más difíciles de su historia reciente, marcado por la purificación frente a los abusos de conciencia, de poder y de índole sexual.
Monseñor Noel afrontó este desafío con sentido de responsabilidad. Acompañó al presbiterio, escuchó, actuó cuando las circunstancias lo exigieron y nunca hizo del silencio una forma de evasión. Procuró responder con verdad y con el respeto debido tanto a las personas como a los procedimientos establecidos por la Iglesia. Impulsó Una verdadera Cultura del cuidado en los ámbitos eclesiales, procurando que nuestra iglesia diocesana sea segura y acogedora para todas las personas.
Del mismo modo, muchos sacerdotes que atravesaron dificultades personales y le buscaron sinceramente, encontraron en él no un juicio precipitado, sino una puerta abierta, una conversación serena, un consejo oportuno y un abrazo paternal.
Un sueño que permanece
Entre los anhelos que deja como herencia está el proyecto de una casa para sacerdotes mayores o enfermos, un lugar digno donde quienes han entregado toda su vida al servicio del Evangelio puedan vivir con serenidad los años de la ancianidad o de la enfermedad.
Es un sueño que todavía espera realizarse plenamente y que permanece como un compromiso para las generaciones presentes y futuras.
Un agradecimiento personal

Quisiera terminar estas líneas con una palabra profundamente personal.
Tuve la gracia de compartir de cerca los dos últimos años de su ministerio episcopal como obispo de Jericó, y, sobre todo, el inmenso privilegio de haber sido ordenado sacerdote por sus manos.
Durante este último año fui testigo de cómo, lentamente, su voz se fue apagando. Ojalá el Señor le conceda recuperarla. Para quien disfrutaba tanto la conversación, las historias, las anécdotas, los chistes y el diálogo cercano con la gente, perder la voz ha debido ser una de las pruebas más difíciles de afrontar.
Por eso, este escrito quiere ser, sencillamente, un manifiesto de gratitud.
Gracias, Monseñor Noel, por su fidelidad a la Iglesia de Cristo. Gracias por su cercanía con las personas. Gracias por cuidar a sus sacerdotes como un verdadero padre. Gracias por sostener la esperanza de nuestra Iglesia diocesana en tiempos complejos. Gracias por haber permanecido firme hasta el final de su ministerio entre nosotros.
Cada persona hará su propia valoración de estos trece años de episcopado. Habrá opiniones diversas, como ocurre con toda obra humana. Sin embargo, más allá de las diferencias, permanece una certeza que merece ser dicha con serenidad y justicia:
Gracias por haber entregado su vida a la Diócesis de Jericó. Gracias por haber dejado, literalmente, hasta su voz entre nosotros. Que el Señor, Buen Pastor, recompense con abundancia el bien sembrado durante estos años de servicio episcopal.